23. 11. 2011
Hace unos días (aquí) os hablaba de una novela apasionante, “Flores y sombras”. Una historia que además me ha ayudado a empezar a descubrir la cultura japonesa, que tan ajena me resulta. Y dentro de la cultura milenaria del país está la gastronomía, de vital importancia y que en la novela ayuda a transportarte a ese lugar y época, que forma parte importante de la ambientación. Así una puede imaginarse el bullicio de las calles donde los vendedores de tofu buscan clientes, las celebraciones de año nuevo donde no faltan el sake especiado y las tortitas de arroz o los caminos en los que podían cruzarse con “agricultores que llevaban cestas de verduras de invierno o ristras de caquis secos”, y de tantas y tantas escenas en las que está presente el té.
La novela comienza con una celebración de boda, la de la hermana de la protagonista, ¿tenéis curiosidad por cómo sería un banquete de bodas de la hija de un médico en el Japón de mitad del S. XIX? “… habíamos estado preparando un banquete desde hacía días: arroz con habas rojas, chirazushi, mochi, tofu aderezado de maneras diversas y un enorme besugo entero. Los invitados trajeron regalos: pescado sobre capas de hojas de roble, tortas de maíz dulce, umeboshi y otros manjares salados, abulones y chipirones, y toneles de sake enfundados en alegres envoltorios de paja…”. Bastantes capítulos y un tiempo más adelante asistimos a otro banquete de boda, en ese caso el de Tsuru, la protagonista y narradora de la novela. “…Otros invitados trajeron ofrendas festivas, el besugo de ojos saltones o tai (uyo nombre significa omedetai, felicidades), Kemp, bonito seco y sepia y muchos barriles de sake envueltos en paja”.
A lo largo de la novela descubrimos en diferentes escenas y situaciones diversos platos que no están ahí por simple añadido de letras y palabras, si no que muestran la cultura nipona, la época del año y hasta el nivel social de quien lo sirve o lo degusta. Y así pasamos por algunas preparaciones muy conocidas para el occidental y otras que no lo son tanto; soba, sushi, pasta dulce de habas, cuencos repeletos de arroz mezclados con mijo y verdura, pulpo estofado, gachas de mijo, cebada, anguila a la parrilla, berenjena frita…
Pero también a través de la comida podemos ver cómo ven los japoneses a los occidentales, concretamente a los británicos a través de uno de los jóvenes que viajan a Londres para aprender inglés, química y el moderno arte de la guerra. De él y su vida en Inglaterra leemos “… añora los sabores delicados del té japonés y mataría por un cuenco de arroz. Le han ofrecido platos de arroz aquí, pero uno está hecho con leche y azúcar y el otro, una mezcolanza de pescado ahumado con huevos, sólo se come en el desayuno”. Y prosigue “ los ingleses comen muchas patatas y pan. No tiene problema con ello, uno puede acostumbrarse al pan. Y la carne a menudo es la parte más sustanciosa de cualquier comida. También le gusta el jamón con huevos, la primera comida que degustó en Inglaterra, en el puerto. Su sabor quedó mezclado para siempre con el asombro, no solo por la enorme y negra inmensidad de Londres, si no también por que lo hubieran entendido en su rudimentario inglés y él a su vez comprendiera lo que le respondían. Después de todo, todo el tiempo que había invertido estudiando en Edo había servido para algo. También echa de menos el ensacado fresco y el sushi, los soba, los mochi, los dango. Se le hace la boca agua. Bebe té con valentía, pero sabe aún peor después de haberse imaginado los suculentos platos”.
Y no puedo terminar de comentar la gastronomía dentro de ésta fantástica novela sin dejar constancia de lo dicho en una conversación mientras degustan algunos dulces típicamente portugueses. “los portugueses habían dejado toda clase de cosas prácticas: armas de fuego, pan, tempura y bizcocho“.
18. 11. 2011
¿Podéis imaginaros una novela protagonizada por dos italianos (o, mejor dicho, por dos jóvenes de ascendencia italiana) sin que la comida tenga un papel importante en la misma? Me imagino que la respuesta es no y, efectivamente, yo tampoco me lo imagino. “Romeo, Romeo” es una novela romántica actual ambientada en Nueva York y protagonizada por Rosalie Ronaldi (hija de italianos, joven ejecutiva, mujer independiente y un tanto caótica) y Nick Romeo (de ascendencia italiana, atractivo, rico, encantador y uno de los solteros de oro de la ciudad de los rascacielos). Y como miembros de familias italo-americanas, son dos personajes que aprecian el buen comer.
Al inicio de la novela, el primer encuentro entre los personajes de Rosalie y de Nick ocurre un invernal domingo por la tarde; Rosalie regresa de la habitual comida dominical familiar y Nick está pensando en que siendo el día que es debería ir a cenar con su madre y con su abuela. La primera cita de los protagonistas es en un restaurante (italiano, por supuesto, y además de un primo de Nick), en su primer amanecer juntos Nick sale a comprar pastas para el desayuno, ambos disfrutan de cenas en la cama… y es que la cultura italiana no se puede entender sin la gastronomía italiana.
Nick es un hombre moderno y apañado. Un tipo que disfruta comiendo y también cocinando, que lo mismo prepara una clásica lasaña de carne para él que un caldo casero de pollo para su chica enferma. Y nunca dejaría vacía la despensa de su pareja.
En casi todas las escenas importantes de la novela tiene presencia la comida. Lo mismo puede ser en una comida familiar que en casa en pareja. Y así nos deleitamos no sólo con los encantos de Nick Romeo si no también con delicias de la cocina italiana tradicional tales como los cannoli, rebanadas de pan con aceite de oliva espolvoreadas con queso y pimienta negra, la pizza “con todo”… y por supuesto, todo regado con Chianti, claro.
Pero viviendo en Nueva York todo no va a ser comida italiana y también hay espacio para la comida oriental o para el whisky escocés.
Una de las cosas que me ha resultado más curiosa es una conversación en torno a la pizza, cuando Nick descubre (gratamente) sorprendido que a Rosalie le gusta la pizza con anchoas, algo que según la autora es muy poco habitual entre las mujeres. Y me ha entrado la duda, ¿es que el paladar anglosajón (porque la autora lo es) no está acostumbrado a esos sabores o también vosotros creéis que las anchoas en la pizza no es algo muy del gusto femenino?
13. 11. 2011
Hace no mucho os contaba mis impresiones sobre “L´auberge, un hostal en los Pirineos” (aquí). Esta novela coral que destila humor inglés, tiene su punto de partida en la compra de un pequeño hostal en un pueblecito de los Pirineos franceses por parte de una pareja de ingleses. Los ingleses tienen una fama horrible en lo que a cocina se refiere y los franceses dan tanta importancia tal a la gastronomía que el manipulador alcalde del pueblo se aprovecha de ello para poner al pueblo en contra de los nuevos vecinos, aunque sus motivaciones no son tan hedonistas y tienen más que ver con el interés de su cuñado por hacerse con el local.
Lorna y Paul han dejado todo lo que tenían en Inglaterra (trabajos incluidos) para cambiar de vida y cumplir su sueño. Ser los dueños del Auberge les llena de ilusión pero también de cierto temor, sobre todo porque Lorna es muy consciente de que los franceses son grandes amantes de la cocina y que la gastronomía tiene mucha importancia en sus vidas cotidianas, y se pregunta si estará a la altura. Pero en las primeras páginas, cuando la pareja llega al Auberge ajenos a lo que buena parte de los habitantes del pueblo planean a sus espaldas para echarles del lugar, descubre en el local una estancia repleta de latas caducadas que le devuelve la confianza en si misma; sabiendo que los anteriores propietarios no eran unos virtuosos se siente de nuevo segura.
Entre las latas que llenan el lugar, Lorna y Paul encuentran “Salsa para espaguetis a la boloñesa, salsa para estofado burguiñón, pollo al vino, raviolis… había incluso varias enormes latas del plato regional, el Cassoulet, compuesto de judías, salchicha y muslos de pato”. Después de eso, Lorna fantasea con las delicias que preparará para deleite de sus futuros clientes: “Sintió una subida de adrenalina imaginando los platos que saldrían de su cocina: filetes de salmón fritos con hinojo y puerros pochados en salsa de vermut; pechugas de pollo marinadas en limón con romero y tomillo y, cómo no, ajo en abundancia; salchichas de Toulouse cocidas a fuego lento con sidra y servidas con puré de patatas con salvia…”.
Christian Dupuy es el teniente de alcalde del pueblo. Es un hombre honesto que no está de acuerdo con los tejemanejes del alcalde, pero también es un hombre que sólo disfrutaba de una comida en condiciones cuando acudía al Auberge. Y es que su madre es una cocinera nefasta que, como dice una vecina, cree que el carbón es una especia. Si, la madre de Christian es experta en churruscar la comida, por lo que todos sus platos saben igual (de mal). Así que él se debate entre la honestidad y el poder disfrutar los sábados noche de cenas decentes en el restaurante del Auberge.
El libro está repleto de referencias gastronómicas, entre ellas la tradicional sopa de cebolla que en la fiesta popular del pueblo para celebrar la entrada en el nuevo año se sirve a las cinco de la madrugada o la gallete des Rois típica de la celebración del día de Reyes. Y es que la comida está presente hasta en los recuerdos de alguno de los vecinos del lugar, como en los de Annie “..se sentaban a comer a la sombra de alguna cabaña de pastor y se pasaban unos a otros el pan y la carne fría, rociándolos con un par de botellas de vino. Después circulaba el queso, estriado por las marcas de las navajas y, de postre, una croustade de la pastelería de Massat, entre cuyas capas de hojaldre asomaban a cada bocado los arándanos”.
Seguro que los amantes de la lectura y de la cocina disfrutan mucho con esa novela entretenida y sin pretensiones. Es muy probable que al terminar de leerlo os apetezca preparar una tarte au citron (quizá como ésta) o alguno de los muchos platos que se nombran en la novela.
02. 11. 2011
Una de mis autoras preferidas es LaVyrle Spencer. En casi todas sus novelas la comida tiene presencia como parte de la cotidianeidad de los personajes, y también como reflejo de su cultura, sus costumbres, su estatus social o su personalidad. En la novela “Los dulces años”, como en tantas otras de ella, ocurre así.
La novela comienza en 1917, en una pequeña población de Dakota del Norte (Álamo) habitada casi en su totalidad por emigrantes noruegos y los descendientes de éstos, en una comunidad rural. Mientras en Europa la Gran Guerra tiene lugar, en álamo la vida transcurre con las habituales preocupaciones en torno a la familia, la tierra y los animales de las granjas. A este lugar llega la joven Linnea Brambdomberg quien con 18 años va a tomar posesión de su primer trabajo como maestra de la escuela local. Es una muchacha alegre, cargada de sueños e ilusiones.
Durante muchos años el maestro se ha alojado en casa de los Westward; en ella viven Theodore, de 34 años, su hijo Kristian de 16 y la anciana madre del primero, Nissa. Albergar a una joven no parece algo muy apropiado, piensa Theodore, pero Linnea no piensa volverse por donde ha venido y gracias al apoyo de la anciana Nissa se queda en aquel lugar tan diferente a su casa, en cierta manera inhóspito y bastante duro.
En la granja la mayor parte de la comida que se prepara tiene que ver con la tradición gastronómica noruega, muy poco adaptada a las costumbres culinarias estadounidenses y marcada por los productos del lugar primero y después por el racionamiento al que obliga la guerra.
A lo largo de sus páginas podemos encontrar platos que para Linnea pueden ser tan exóticos como extraños o desconocidos, como el áspic de tomate, el Lutefisk (algo así como pescado blanco cocinado con sosa) o el fattigman (una especie de galleta tradicional que se cocina frita y no en el horno). Y otros que le son más cercanos como los bombones de menta o los emparedados.
En la novela pasamos de encontrar platos más o menos sustanciosos y especiales como el pavo acompañado con patatas aplastadas, maíz gratinado, guisantes en crema espesa y una deliciosa ensalada de manzana y nueces con crema batida, con otras más sobrias y marcadas por el racionamiento, como el pastel de manzanas sin azúcar. Todo ello con otros platos más cotidianos como el budín de pan, los filetes (de ternera) en salsa, el chocolate a la taza, la sopa de verduras, el pollo fricasé, las costillas de cerdo rellenas, los panecillos de nuez o el pastel de avellanas que podemos encontrar en diferentes escenas de esta bella historia.
07. 10. 2011
En la novela de Nora Roberts “Verdades y mentiras”, las referencias gastronómicas son muchas y variadas, un recurso del que echa mano hábilmente la autora para además de ambientar ciertas escenas y darles un aire de cotidianeidad (en unos casos) o de excepcionalidad (en otros) retratar la clase social y hasta la personalidad de los diferentes y variados personajes que pueblan esta novela de intriga.
Las dos protagonistas de la novela son Eve Benedict, actriz de Hollywood y mito viviente ya entrada en años aunque estupendamente bien conservada y Julia Summers, joven biógrafa, madre soltera y luchadora. El mundo de ambas es muy diferente pero ambas comienzan a trabajar juntas pues Julia se convierte en la biógrafa autorizada de Eve, para lo que se desplaza de la tranquila Connecticut a la bulliciosa Los Ángeles. Julia deja tras de si su hogar, un lugar donde la Nochebuena se celebra con un sencillo plato de espaguetis después de una golosa merienda a base de chocolate a la taza para instalarse junto a su hijo, Brandon, en la coqueta casa de invitados de la mansión de Eve, un lugar en el que se les recibe con un maravilloso surtido de pastelillos glaseados, sándwiches diminutos y una enorme jarra de limonada.
La comida nos ayuda a comprender la idiosincrasia de algunos personajes, a veces no tanto por lo que es en si, si no por cómo se sitúan ante ella los personajes: de hecho una aparentemente asquerosa rebanada de pan untada con mantequilla de cacahuete y mermelada resulta ser algo hogareño y cálido en manos de un niño y unos saludables zumo de pomelo, cuenco de bolas de melón bien frías y una tostada de trigo integral sin mantequilla resulta inquietante en la mesa de un maquiavélico mafioso sexagenario.
Otras veces la comida sirve para comprobar el nivel social en el que se mueve Eve y en el que se ve obligada a entrar Julia, y así en diferentes escenas se van sucediendo apetecibles platos que una degustaría gustosamente; trucha rellena acompañada de arroz salvaje, crema inglesa de frambuesas, terrina de pato, arroz silvestre, ensalada de langosta, verduritas baby con pan crujiente a las finas hierbas, champiñones rellenos, etc…
En torno a la comida hablan dos conocidos de una amenaza compartiendo “la mejor tarta de arándanos de todo el estado” y comida es lo que prepara una mujer para sentirse como en su propia casa: pizza casera, manicotti, etc…
Eve es famosa por muchas cosas y entre ellas está el dar las mejores fiestas de Hollywood. En una de ellas se habla de las exquisiteces que para el evento han llegado desde muy diferentes puntos del planeta: huevos de codorniz traídos de Extremo Oriente, trufas y paté de la campiña francesa, salmón de Alaska, langostas de Maine, corazones de alcachofa importados de España…
Así y en otras muchas escenas vemos desfilar un buen número de platos con mayor o menor importancia. Nombrarlos todos sería largo, pero entre ellos encontramos desde postres como el sabayón, los brownies o la creme brulee a platos salados como las bandejas de fiambres, el salmón o el pastel de carne. Y, de entre las muchas y vairadas bebidas que se nombran, ninguna con tanto protagonismo con el champán, el preferido de Eve, para el que cualquier momento y ocasión es buena.
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